La victimización terciaria y las consecuencias posteriores al delito
La victimización no finaliza con el delito ni con la intervención del sistema judicial. En muchos casos, la persona continúa experimentando consecuencias tiempo después de ocurrido el hecho, incluso cuando el proceso penal ha concluido. A este fenómeno se le denomina victimización terciaria, y se relaciona con los efectos prolongados que el delito deja en la vida personal, familiar y social de la víctima.
Esta etapa se manifiesta principalmente a través de secuelas psicológicas y sociales. La víctima puede presentar miedo constante, dificultades para confiar en otras personas, alteraciones del sueño, ansiedad o recuerdos recurrentes del suceso. Asimismo, es común que modifique sus hábitos cotidianos, evite determinados lugares o reduzca su interacción social. Estas conductas evidencian que el delito no solo produjo un daño momentáneo, sino una afectación que permanece en el tiempo.
La victimología señala que el sufrimiento posterior al delito forma parte del proceso de victimización, ya que la persona revive la experiencia al recordar lo ocurrido o al enfrentar situaciones similares. Incluso la exposición a noticias relacionadas con delitos puede provocar reacciones emocionales intensas. Este padecimiento silencioso demuestra que el impacto del delito trasciende el momento del hecho y se convierte en una experiencia duradera (Márquez Cárdenas, 2011).
Además del impacto psicológico, la victimización terciaria también puede generar consecuencias sociales. Algunas víctimas enfrentan incomprensión por parte de su entorno, estigmatización o falta de apoyo, lo que incrementa su aislamiento. En ciertos casos, la persona puede ser identificada únicamente por el delito sufrido, lo cual afecta su identidad y su desarrollo personal. Esto ocurre especialmente cuando la sociedad responsabiliza indirectamente a la víctima o minimiza su experiencia.
Otro elemento relevante es la relación con el sistema de justicia una vez finalizado el proceso. Cuando la persona considera que no obtuvo una respuesta justa o adecuada, puede experimentar frustración, impotencia o pérdida de confianza en las instituciones. Incluso cuando existe una condena, la reparación emocional no siempre se alcanza, ya que el daño sufrido no puede eliminarse completamente mediante la sanción penal.
Desde la criminología, comprender la victimización terciaria permite reconocer la necesidad de acompañamiento posterior al proceso judicial. La atención a la víctima no debería terminar con la denuncia ni con la sentencia, sino continuar mediante apoyo psicológico, orientación social y programas de reintegración. Estas medidas contribuyen a que la persona recupere su estabilidad emocional y reconstruya su proyecto de vida.
Asimismo, la familia y la comunidad desempeñan un papel fundamental en esta etapa. El apoyo social favorece la recuperación, mientras que la indiferencia o la desconfianza agravan el impacto del delito. Por ello, la victimología destaca la importancia de la sensibilización social para evitar la estigmatización y promover entornos de comprensión hacia quienes han sufrido un hecho delictivo.
En conclusión, la victimización terciaria evidencia que el delito puede dejar efectos duraderos en la vida de la víctima, incluso después de finalizado el proceso judicial. El sufrimiento prolongado, el aislamiento social y la pérdida de confianza reflejan la necesidad de intervenciones que trasciendan el ámbito legal. Analizar esta etapa permite comprender el fenómeno criminal desde una perspectiva humana y resalta la importancia de brindar apoyo continuo para favorecer la recuperación integral de la persona afectada.
Referencia bibliográfica
Márquez Cárdenas, A. E. (2011). La victimología como estudio: Redescubrimiento de la víctima para el proceso penal. Prolegómenos. Derechos y Valores, 14(27), 27–42.
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